Durante su visita a Guatemala, Eduardo Strauch, uno de los 16 sobrevivientes del accidente aéreo en Los Andes ocurrido en 1972, conversó con República sobre cómo aquella experiencia extrema continúa inspirando a personas que enfrentan adicciones, depresión y momentos límite. El uruguayo recordó las conversaciones sobre la muerte en la montaña, habló del tabú de comer carne humana para sobrevivir y reflexionó sobre el valor del tiempo, la vida y la capacidad humana para encontrar sentido incluso en las experiencias más duras.
¿Es la tercera vez que visita Guatemala, qué lo motiva en esta ocasión?
—Guatemala me invitó a conocer el Valle de los Ángeles —orfanato que alberga, alimenta y educa a cerca de 200 niños en el país—. Y, a esta altura de mi vida, siento un compromiso muy fuerte con este tipo de proyectos y con difundir nuestra historia. Tengo casos concretos de personas que lograron salir de adicciones o incluso evitar el suicidio gracias a lo que vivieron con nuestra historia. También he hecho grandes amigos a partir de eso. Por eso siento la responsabilidad de compartirla lo más posible. A mí también me ha servido muchísimo. Me sigue ayudando hasta hoy y siento que mi vida ha mejorado sensiblemente gracias a todo lo que he vivido y procesado en estos 54 años.
¿Qué instantes recuerda con más claridad del día del accidente?
—Siempre me impresiona mucho cuando me concentro en pensar en esos momentos. Tengo grabado claramente todos esos momentos previos y posteriores. Me acuerdo como si fuera ayer el frío que entró, exactamente como se reventó la cabina en dos, el frío y el olor a combustible, a kerosene, grabado a fuego eso. Y después el avión chocó en los picos y se deslizó por un colchón de nieve hasta el valle, donde quedamos 72 días.
¿Hubo alguna conversación entre ustedes en la montaña que jamás olvidó, no por dramática, sino por profundamente humana?
—Yo me acuerdo cuando empezamos a tener conversaciones sobre la muerte. Empezamos a familiarizarnos tanto con ella… y eso me impresiona ahora, cómo hablábamos de la muerte como una cosa que estaba ahí presente y que ya era parte nuestra. Tuvimos muchas conversaciones cortas, en voz baja, en medio de todos esos momentos. Por supuesto, también las conversaciones que tuvimos cuando resolvimos vivir comiéndonos a nuestros amigos. Eso también es inolvidable. Cada vez que lo pensamos y lo hablamos nos emocionamos mucho, porque ellos nos dieron vida a los que seguimos vivos. En ese momento, cuando resolvimos hacer eso, todos estuvimos dispuestos a darle vida a los otros, según a quién le tocara. Finalmente no le tocó a otro, sino a mí. Y esas fueron, probablemente, de las conversaciones más emocionantes y más inolvidables. Ustedes han dicho que, aunque decidir comer carne humana parecía la decisión más difícil, terminó siendo la única alternativa para sobrevivir.
¿Cómo recuerda ese momento y esas conversaciones en las que decidieron vencer ese tabú y hasta ofrecer el propio cuerpo para salvar a los demás?
—Somos 16 personas distintas. Lo vivimos distinto, lo procesamos distinto y todavía hoy lo seguimos viviendo distinto. Yo siempre digo —y seguramente lo habrás leído o escuchado— que pareciera que esa tenía que haber sido la decisión más difícil, pero en realidad fue la más fácil, porque no había otra alternativa. Yo no pensaba dejarme morir, y creo que ninguno de nosotros tampoco. Todo lo que pudiera hacer para seguir viviendo y cumplir mis proyectos lo iba a hacer. Así que para mí fue facilísimo: yo quería vivir, punto. Lo que tuviera que hacer, lo iba a hacer. Y dije: por supuesto que voy a comer la carne de mis amigos, que me van a dar vida. Lo difícil vino después: vencer el tabú cultural. Ese sí fue un esfuerzo mental intenso. Pensaba: ‘¿No me estaré volviendo loco? ¿Cómo voy a estar pensando esto?’. Pero una vez que hice clic, dije: ‘Está perfecto, ¿qué tiene de malo?’. Los que murieron, en lugar de que se los comieran los buitres o los cóndores, nos iban a dar vida a nosotros. Desde ese primer día lo tuve clarísimo y nunca más tuve cargo de conciencia ni remordimiento.
¿En algún momento dejó de sentirse sobreviviente y volvió simplemente a ser Eduardo?
—Desde que salí de Los Andes dejé de ser solo Eduardo: pasé a ser “Eduardo más sobreviviente”. Al principio, mis padres nos protegieron del asedio de la prensa y nos alejaban al campo o la playa para escapar de los medios. Con el tiempo, la atención siguió: en fiestas o reuniones todos querían acercarse y conocernos. Éramos vistos como algo fuera de lo común. Después la vida se normalizó. Estudié arquitectura, trabajé 55 años, me casé, tuve hijos y nietos. Pero con la película Viven y, más recientemente, con la de J. A. Bayona, volvió una ola de exposición enorme. Hoy me reconocen en aeropuertos o en la calle, especialmente en Centroamérica, México y España. A veces todavía me sorprende que alguien me identifique [...] lo vivo con emoción y cariño, aunque confieso que todavía no termino de acostumbrarme a la fama.
¿Qué fue realmente más difícil: sobrevivir al accidente o reconstruir su vida después del rescate?
—Sobrevivir al accidente, sin duda. Pero volver a la vida normal fue mucho más difícil y largo de lo que imaginaba. Nos habíamos desconectado tanto de la realidad que, al regresar, empezamos a ver todo distinto. Personas que antes nos interesaban dejaron de hacerlo, igual que muchas cosas de nuestra vida anterior. Fue un proceso de ir dejando atrás personas, caminos y formas de vivir, para construir una vida nueva a partir de todo lo que habíamos vivido en esos días.
¿Qué parte de usted cree que se quedó en la montaña para siempre?
—Estoy seguro de que una parte de mí se quedó allá. Siempre digo —no sé si lo has leído o escuchado— que siento que tengo el cordón umbilical conectado a la montaña y no pienso cortarlo nunca. He vuelto 23 veces porque ahí permanece una parte de mí que no puedo traer acá; es incompatible con esta sociedad ruidosa y desorientada. Prefiero dejarla allá. Sigo conectado mentalmente, pero cuando regreso físicamente me reconecto, me depuro y recuerdo muchas cosas que con el tiempo voy olvidando. Allí queda una parte importante de mi yo espiritual
¿Cómo cambió su manera de relacionarse con el miedo después de regresar al mundo?
—Cambió mucho. Aprendí a dominar mi mente y prácticamente no tengo miedo. Lo único que me preocupa es quedarme corto de tiempo, porque tengo mil proyectos y quiero seguir difundiendo esta historia.
¿Cree que el silencio fue también una forma de supervivencia cuando regresaron? ¿Hubo cosas que tardaron años en poder decir?
—No, jamás tuve ningún problema. Siempre me encantó hablar y contar. Pero nunca imaginé la importancia que tiene para tanta gente esta historia, hasta que empecé a compartirla en charlas y vi la emoción de los jóvenes.
¿Si pudiera hablar con el Eduardo de 24 años que subió a ese avión, ¿qué le diría hoy?
—Le diría dos cosas: primero, no te subas por favor. Pero si se sube, le diría: aprovecha todo lo que vas a vivir y aprender, no desperdicies un minuto.
¿Cuál de las películas considera más cercana a lo realmente vivido en Los Andes?
—Las primeras películas sobre la tragedia fueron muy distintas entre sí. La mexicana me pareció grotesca, mientras que Alive, Viven, producida por Disney, tuvo gran impacto y acercó nuestra historia a varias generaciones, aunque nunca terminó de convencerme. Siempre esperé que la historia quedara en manos de un director latino, algo que finalmente ocurrió con J. A. Bayona. Destaco el trabajo meticuloso que hizo durante años en contacto con nosotros para lograr una película real y precisa. Gracias a esta película, nuevas generaciones se han conectado profundamente con la historia [...] No imaginé que a mis casi 80 años estaría disfrutando, difundiendo esta historia que me ha hecho tanto bien. Conociéndose lugares y países. Es fascinante.
Después de tantas décadas hablando del accidente, ¿hay algo que todavía sienta que la gente no ha entendido realmente sobre lo que vivieron?
—Creo que es imposible que alguien que no estuvo ahí pueda saber 100% lo que vivimos y sentimos. Son cosas tan inusuales, las emociones y la lucha. Hoy muchas personas sienten que han perdido el sentido de la vida.
¿Qué le diría a quienes se preguntan “para qué estamos acá” o sienten que ya no encuentran propósito?
—Después de convivir con la muerte durante 72 días, valoro muchísimo más la vida. He tenido problemas después y sigo teniendo problemas, pero estoy vivo y estoy sano. Cada día me despierto y digo: “Estoy vivo”. Agradezco y trato de no perder el tiempo. No sé si voy a estar vivo dentro de una hora, cinco minutos o un año. Tengo totalmente metido a fuego que el tiempo es limitado. Les diría a esas personas que se den cuenta de lo que significa estar vivos y que agradezcan estar vivos. Siempre hay una mitad del vaso llena. En las circunstancias más duras uno termina descubriendo capacidades que no sabía que tenía. Siempre salís fortalecido y con algo positivo de las experiencias difíciles.
¿Qué frases o filosofías de vida lo acompañan actualmente en su vida?
—Mi vida empieza cuando salgo de mi zona de confort. Ahí se ponen de manifiesto muchas capacidades y propiedades que uno ni siquiera conoce. Si te quedás en la comodidad, nunca descubrís el poder que tenés, no solo para hacer cosas, sino también para crear y disfrutar. Con el tiempo he aprendido a disfrutar cada vez más de las cosas simples: una música que me gusta, una puesta de sol, el silencio. Todo lo vivo con una intensidad mucho mayor. Hace cuatro años, cuando tenía 75, subí el Kilimanjaro. Todos me decían que estaba loco: mis hijos, mis amigos. Y sí, cuesta. Son horas de viaje y siete días subiendo hasta casi seis mil metros. Pero cuando lo lográs y descubrís que eras capaz de hacerlo, entendés el valor de salir de esa zona cómoda. Hace unos años encontré una frase de los navajos, en Nuevo México, que resume gran parte de mi filosofía de vida: ‘Encuentra el equilibrio y rodéate de belleza’. Y no hablo solo de belleza estética, sino de la belleza del amor, de la música, de la naturaleza, de la vida y del silencio. Si uno encuentra equilibrio y se rodea de belleza, puede vivir con plenitud. Claro, no es tan fácil.
Durante su visita a Guatemala, Eduardo Strauch, uno de los 16 sobrevivientes del accidente aéreo en Los Andes ocurrido en 1972, conversó con República sobre cómo aquella experiencia extrema continúa inspirando a personas que enfrentan adicciones, depresión y momentos límite. El uruguayo recordó las conversaciones sobre la muerte en la montaña, habló del tabú de comer carne humana para sobrevivir y reflexionó sobre el valor del tiempo, la vida y la capacidad humana para encontrar sentido incluso en las experiencias más duras.
¿Es la tercera vez que visita Guatemala, qué lo motiva en esta ocasión?
—Guatemala me invitó a conocer el Valle de los Ángeles —orfanato que alberga, alimenta y educa a cerca de 200 niños en el país—. Y, a esta altura de mi vida, siento un compromiso muy fuerte con este tipo de proyectos y con difundir nuestra historia. Tengo casos concretos de personas que lograron salir de adicciones o incluso evitar el suicidio gracias a lo que vivieron con nuestra historia. También he hecho grandes amigos a partir de eso. Por eso siento la responsabilidad de compartirla lo más posible. A mí también me ha servido muchísimo. Me sigue ayudando hasta hoy y siento que mi vida ha mejorado sensiblemente gracias a todo lo que he vivido y procesado en estos 54 años.
¿Qué instantes recuerda con más claridad del día del accidente?
—Siempre me impresiona mucho cuando me concentro en pensar en esos momentos. Tengo grabado claramente todos esos momentos previos y posteriores. Me acuerdo como si fuera ayer el frío que entró, exactamente como se reventó la cabina en dos, el frío y el olor a combustible, a kerosene, grabado a fuego eso. Y después el avión chocó en los picos y se deslizó por un colchón de nieve hasta el valle, donde quedamos 72 días.
¿Hubo alguna conversación entre ustedes en la montaña que jamás olvidó, no por dramática, sino por profundamente humana?
—Yo me acuerdo cuando empezamos a tener conversaciones sobre la muerte. Empezamos a familiarizarnos tanto con ella… y eso me impresiona ahora, cómo hablábamos de la muerte como una cosa que estaba ahí presente y que ya era parte nuestra. Tuvimos muchas conversaciones cortas, en voz baja, en medio de todos esos momentos. Por supuesto, también las conversaciones que tuvimos cuando resolvimos vivir comiéndonos a nuestros amigos. Eso también es inolvidable. Cada vez que lo pensamos y lo hablamos nos emocionamos mucho, porque ellos nos dieron vida a los que seguimos vivos. En ese momento, cuando resolvimos hacer eso, todos estuvimos dispuestos a darle vida a los otros, según a quién le tocara. Finalmente no le tocó a otro, sino a mí. Y esas fueron, probablemente, de las conversaciones más emocionantes y más inolvidables. Ustedes han dicho que, aunque decidir comer carne humana parecía la decisión más difícil, terminó siendo la única alternativa para sobrevivir.
¿Cómo recuerda ese momento y esas conversaciones en las que decidieron vencer ese tabú y hasta ofrecer el propio cuerpo para salvar a los demás?
—Somos 16 personas distintas. Lo vivimos distinto, lo procesamos distinto y todavía hoy lo seguimos viviendo distinto. Yo siempre digo —y seguramente lo habrás leído o escuchado— que pareciera que esa tenía que haber sido la decisión más difícil, pero en realidad fue la más fácil, porque no había otra alternativa. Yo no pensaba dejarme morir, y creo que ninguno de nosotros tampoco. Todo lo que pudiera hacer para seguir viviendo y cumplir mis proyectos lo iba a hacer. Así que para mí fue facilísimo: yo quería vivir, punto. Lo que tuviera que hacer, lo iba a hacer. Y dije: por supuesto que voy a comer la carne de mis amigos, que me van a dar vida. Lo difícil vino después: vencer el tabú cultural. Ese sí fue un esfuerzo mental intenso. Pensaba: ‘¿No me estaré volviendo loco? ¿Cómo voy a estar pensando esto?’. Pero una vez que hice clic, dije: ‘Está perfecto, ¿qué tiene de malo?’. Los que murieron, en lugar de que se los comieran los buitres o los cóndores, nos iban a dar vida a nosotros. Desde ese primer día lo tuve clarísimo y nunca más tuve cargo de conciencia ni remordimiento.
¿En algún momento dejó de sentirse sobreviviente y volvió simplemente a ser Eduardo?
—Desde que salí de Los Andes dejé de ser solo Eduardo: pasé a ser “Eduardo más sobreviviente”. Al principio, mis padres nos protegieron del asedio de la prensa y nos alejaban al campo o la playa para escapar de los medios. Con el tiempo, la atención siguió: en fiestas o reuniones todos querían acercarse y conocernos. Éramos vistos como algo fuera de lo común. Después la vida se normalizó. Estudié arquitectura, trabajé 55 años, me casé, tuve hijos y nietos. Pero con la película Viven y, más recientemente, con la de J. A. Bayona, volvió una ola de exposición enorme. Hoy me reconocen en aeropuertos o en la calle, especialmente en Centroamérica, México y España. A veces todavía me sorprende que alguien me identifique [...] lo vivo con emoción y cariño, aunque confieso que todavía no termino de acostumbrarme a la fama.
¿Qué fue realmente más difícil: sobrevivir al accidente o reconstruir su vida después del rescate?
—Sobrevivir al accidente, sin duda. Pero volver a la vida normal fue mucho más difícil y largo de lo que imaginaba. Nos habíamos desconectado tanto de la realidad que, al regresar, empezamos a ver todo distinto. Personas que antes nos interesaban dejaron de hacerlo, igual que muchas cosas de nuestra vida anterior. Fue un proceso de ir dejando atrás personas, caminos y formas de vivir, para construir una vida nueva a partir de todo lo que habíamos vivido en esos días.
¿Qué parte de usted cree que se quedó en la montaña para siempre?
—Estoy seguro de que una parte de mí se quedó allá. Siempre digo —no sé si lo has leído o escuchado— que siento que tengo el cordón umbilical conectado a la montaña y no pienso cortarlo nunca. He vuelto 23 veces porque ahí permanece una parte de mí que no puedo traer acá; es incompatible con esta sociedad ruidosa y desorientada. Prefiero dejarla allá. Sigo conectado mentalmente, pero cuando regreso físicamente me reconecto, me depuro y recuerdo muchas cosas que con el tiempo voy olvidando. Allí queda una parte importante de mi yo espiritual
¿Cómo cambió su manera de relacionarse con el miedo después de regresar al mundo?
—Cambió mucho. Aprendí a dominar mi mente y prácticamente no tengo miedo. Lo único que me preocupa es quedarme corto de tiempo, porque tengo mil proyectos y quiero seguir difundiendo esta historia.
¿Cree que el silencio fue también una forma de supervivencia cuando regresaron? ¿Hubo cosas que tardaron años en poder decir?
—No, jamás tuve ningún problema. Siempre me encantó hablar y contar. Pero nunca imaginé la importancia que tiene para tanta gente esta historia, hasta que empecé a compartirla en charlas y vi la emoción de los jóvenes.
¿Si pudiera hablar con el Eduardo de 24 años que subió a ese avión, ¿qué le diría hoy?
—Le diría dos cosas: primero, no te subas por favor. Pero si se sube, le diría: aprovecha todo lo que vas a vivir y aprender, no desperdicies un minuto.
¿Cuál de las películas considera más cercana a lo realmente vivido en Los Andes?
—Las primeras películas sobre la tragedia fueron muy distintas entre sí. La mexicana me pareció grotesca, mientras que Alive, Viven, producida por Disney, tuvo gran impacto y acercó nuestra historia a varias generaciones, aunque nunca terminó de convencerme. Siempre esperé que la historia quedara en manos de un director latino, algo que finalmente ocurrió con J. A. Bayona. Destaco el trabajo meticuloso que hizo durante años en contacto con nosotros para lograr una película real y precisa. Gracias a esta película, nuevas generaciones se han conectado profundamente con la historia [...] No imaginé que a mis casi 80 años estaría disfrutando, difundiendo esta historia que me ha hecho tanto bien. Conociéndose lugares y países. Es fascinante.
Después de tantas décadas hablando del accidente, ¿hay algo que todavía sienta que la gente no ha entendido realmente sobre lo que vivieron?
—Creo que es imposible que alguien que no estuvo ahí pueda saber 100% lo que vivimos y sentimos. Son cosas tan inusuales, las emociones y la lucha. Hoy muchas personas sienten que han perdido el sentido de la vida.
¿Qué le diría a quienes se preguntan “para qué estamos acá” o sienten que ya no encuentran propósito?
—Después de convivir con la muerte durante 72 días, valoro muchísimo más la vida. He tenido problemas después y sigo teniendo problemas, pero estoy vivo y estoy sano. Cada día me despierto y digo: “Estoy vivo”. Agradezco y trato de no perder el tiempo. No sé si voy a estar vivo dentro de una hora, cinco minutos o un año. Tengo totalmente metido a fuego que el tiempo es limitado. Les diría a esas personas que se den cuenta de lo que significa estar vivos y que agradezcan estar vivos. Siempre hay una mitad del vaso llena. En las circunstancias más duras uno termina descubriendo capacidades que no sabía que tenía. Siempre salís fortalecido y con algo positivo de las experiencias difíciles.
¿Qué frases o filosofías de vida lo acompañan actualmente en su vida?
—Mi vida empieza cuando salgo de mi zona de confort. Ahí se ponen de manifiesto muchas capacidades y propiedades que uno ni siquiera conoce. Si te quedás en la comodidad, nunca descubrís el poder que tenés, no solo para hacer cosas, sino también para crear y disfrutar. Con el tiempo he aprendido a disfrutar cada vez más de las cosas simples: una música que me gusta, una puesta de sol, el silencio. Todo lo vivo con una intensidad mucho mayor. Hace cuatro años, cuando tenía 75, subí el Kilimanjaro. Todos me decían que estaba loco: mis hijos, mis amigos. Y sí, cuesta. Son horas de viaje y siete días subiendo hasta casi seis mil metros. Pero cuando lo lográs y descubrís que eras capaz de hacerlo, entendés el valor de salir de esa zona cómoda. Hace unos años encontré una frase de los navajos, en Nuevo México, que resume gran parte de mi filosofía de vida: ‘Encuentra el equilibrio y rodéate de belleza’. Y no hablo solo de belleza estética, sino de la belleza del amor, de la música, de la naturaleza, de la vida y del silencio. Si uno encuentra equilibrio y se rodea de belleza, puede vivir con plenitud. Claro, no es tan fácil.
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