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Dos ruedas, un segundo… y todo se detiene

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Alicia Utrera
25 de enero, 2026

El reloj marcaba las 9:30 de la noche cuando la ambulancia entró a toda velocidad a las instalaciones del Hospital General de Accidentes Ceibal. Las luces intermitentes iluminaron por segundos el rostro del motorista que yacía en la camilla, inmóvil, con la ropa rasgada y el cuerpo aún cubierto del polvo del asfalto. En el área roja, ese espacio donde el tiempo no se mide en minutos, sino en segundos, el equipo médico lo recibió.

El diagnóstico preliminar: fractura de fémur y traumatismo craneal. En esta zona todo ocurre rápido, casi de forma automática. Pareciera que todo está ensayado, cada decisión responde a la urgencia. El paciente fue trasladado a rayos X para confirmar la magnitud de las lesiones. Apenas salió de los exámenes, el monitor cambió de ritmo. Un sonido seco rompió la secuencia: paro cardiorrespiratorio. Sin alteraciones, los médicos reaccionaron de inmediato.

Maniobras de reanimación, compresiones, medicamentos. El tiempo, allí adentro, parecía escanciarse. Lo que para otros serían minutos, para ellos eran instantes. Luego de una intervención intensa, lograron estabilizarlo. El corazón volvió a latir, pero el peligro no había pasado. Las siguientes horas serían críticas. Mientras todo eso ocurría dentro, del otro lado de la puerta, el tiempo avanzaba de una forma muy diferente.

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Carmela, la madre del motorista, llegó poco después de recibir la llamada. Venía acompañada de su hermana, pero no la dejaron pasar. Solo un familiar podía ingresar. Así que Carmela se quedó sola en la sala de espera. Sentada, con las manos entrelazadas, mirando una puerta que no se abría. Allí no había monitores o relojes marcando urgencias, solo la acompañaba la sensación de espera y desesperación.

En la sala de espera, el tiempo no pasa. Cada minuto parece más largo que el anterior. Nadie le daba información. Nadie le decía qué estaba pasando con su hijo. El silencio se volvía pesado. Por ello, respiraba hondo, una y otra vez, intentando mantenerse firme. Menciona que no es la primera vez que vive algo así. Es el segundo accidente de su hijo. El primero no fue tan grave, detalla. Salió con golpes, con susto y con promesas de que tendría más cuidado. Sin embargo, esta vez fue distinto.

La llamada fue más corta, más urgente y el miedo se instaló en el pecho desde el primer segundo. Carmela observa a otros, pero no cruza palabra. Cada quien parece atrapado en su propio tiempo. Afuera, el reloj sigue avanzando. Pero dentro de ella, todo parece detenido. El teléfono vibra, pero no es la llamada que espera.

La puerta se abre y se cierra, pero no para ella. Tiempo después, finalmente, un médico se acerca. Ella se pone de pie de inmediato. Le explican que su hijo sufrió un paro, que lograron estabilizarlo, pero que su estado sigue siendo delicado. Las próximas horas son delicadas. No le prometen nada. Solo le dicen que ahora hay que esperar. Carmela asiente. No llora. No pregunta más. Regresa a sentarse y a mirar la puerta. Sabe que no puede hacer nada más que esperar. Y esperar, en ese momento, es lo más difícil.

Accidentes de motos: un desafío persistente para Guatemala

Historias como esta no son excepcionales en Guatemala. Son parte de una estadística que crece y se repite. Entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2025, se registraron 13 834 vehículos involucrados en accidentes de tránsito en el país. De esos, 6 925 fueron motocicletas. La mitad. Los datos del Departamento de Tránsito y del Observatorio Nacional de Seguridad del Tránsito confirman lo que los hospitales ven todos los días: los motoristas son de los más vulnerables.

Dos ruedas, un segundo… y todo se detiene

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Alicia Utrera
25 de enero, 2026

El reloj marcaba las 9:30 de la noche cuando la ambulancia entró a toda velocidad a las instalaciones del Hospital General de Accidentes Ceibal. Las luces intermitentes iluminaron por segundos el rostro del motorista que yacía en la camilla, inmóvil, con la ropa rasgada y el cuerpo aún cubierto del polvo del asfalto. En el área roja, ese espacio donde el tiempo no se mide en minutos, sino en segundos, el equipo médico lo recibió.

El diagnóstico preliminar: fractura de fémur y traumatismo craneal. En esta zona todo ocurre rápido, casi de forma automática. Pareciera que todo está ensayado, cada decisión responde a la urgencia. El paciente fue trasladado a rayos X para confirmar la magnitud de las lesiones. Apenas salió de los exámenes, el monitor cambió de ritmo. Un sonido seco rompió la secuencia: paro cardiorrespiratorio. Sin alteraciones, los médicos reaccionaron de inmediato.

Maniobras de reanimación, compresiones, medicamentos. El tiempo, allí adentro, parecía escanciarse. Lo que para otros serían minutos, para ellos eran instantes. Luego de una intervención intensa, lograron estabilizarlo. El corazón volvió a latir, pero el peligro no había pasado. Las siguientes horas serían críticas. Mientras todo eso ocurría dentro, del otro lado de la puerta, el tiempo avanzaba de una forma muy diferente.

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Carmela, la madre del motorista, llegó poco después de recibir la llamada. Venía acompañada de su hermana, pero no la dejaron pasar. Solo un familiar podía ingresar. Así que Carmela se quedó sola en la sala de espera. Sentada, con las manos entrelazadas, mirando una puerta que no se abría. Allí no había monitores o relojes marcando urgencias, solo la acompañaba la sensación de espera y desesperación.

En la sala de espera, el tiempo no pasa. Cada minuto parece más largo que el anterior. Nadie le daba información. Nadie le decía qué estaba pasando con su hijo. El silencio se volvía pesado. Por ello, respiraba hondo, una y otra vez, intentando mantenerse firme. Menciona que no es la primera vez que vive algo así. Es el segundo accidente de su hijo. El primero no fue tan grave, detalla. Salió con golpes, con susto y con promesas de que tendría más cuidado. Sin embargo, esta vez fue distinto.

La llamada fue más corta, más urgente y el miedo se instaló en el pecho desde el primer segundo. Carmela observa a otros, pero no cruza palabra. Cada quien parece atrapado en su propio tiempo. Afuera, el reloj sigue avanzando. Pero dentro de ella, todo parece detenido. El teléfono vibra, pero no es la llamada que espera.

La puerta se abre y se cierra, pero no para ella. Tiempo después, finalmente, un médico se acerca. Ella se pone de pie de inmediato. Le explican que su hijo sufrió un paro, que lograron estabilizarlo, pero que su estado sigue siendo delicado. Las próximas horas son delicadas. No le prometen nada. Solo le dicen que ahora hay que esperar. Carmela asiente. No llora. No pregunta más. Regresa a sentarse y a mirar la puerta. Sabe que no puede hacer nada más que esperar. Y esperar, en ese momento, es lo más difícil.

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Historias como esta no son excepcionales en Guatemala. Son parte de una estadística que crece y se repite. Entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2025, se registraron 13 834 vehículos involucrados en accidentes de tránsito en el país. De esos, 6 925 fueron motocicletas. La mitad. Los datos del Departamento de Tránsito y del Observatorio Nacional de Seguridad del Tránsito confirman lo que los hospitales ven todos los días: los motoristas son de los más vulnerables.

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