Arquímedes González: “La ficción explica cómo se siente vivir bajo la dictadura”
Arquímedes González (Managua, 1972) es periodista y escritor nicaragüense. Autor de 18 novelas y libros de relatos, figura entre las voces más reconocidas de la literatura centroamericana contemporánea. A lo largo de su trayectoria ha obtenido el Premio Centroamericano de Novela Rogelio Sinán y el Premio Centroamericano de Novela Corta de Honduras, además de ser finalista de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en 2024.
Buena parte de su producción reciente explora las consecuencias humanas de la represión política en Nicaragua. Obras como Como esperando abril (2019), Atardecer en Venecia (2024), En abril yo seguía viva (2025) y Exilio bajo fuego (2026) abordan la violencia, el exilio y la pérdida de libertades bajo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Amenazado, perseguido y privado de su nacionalidad de facto, abandonó Nicaragua en 2022 y desde entonces continúa su labor literaria desde el exilio. Entre sus títulos más destacados sobresale Sherlock Holmes a la caza de Jack el Destripador (2020), una original recreación histórica y policial que trasladó el universo del célebre detective a tierras nicaragüenses y reforzó su presencia dentro de la novela negra centroamericana.
Usted convirtió la represión nicaragüense en literatura cuando muchos aún intentaban convertirla en silencio. ¿Cuándo comprendió que escribir podía ser más peligroso que callar?
—Fue en 2018 que sentí la necesidad de escribir una novela que relatara lo que sucedía en Nicaragua. Yo en ese entonces ya había publicado más de quince libros y era el director del departamento de Comunicación de la Universidad Centroamericana.
Fui testigo de primera mano de la represión en las calles que para julio de ese año dejaba ya más de 250 asesinados por grupos paraestatales, policías y soldados del Ejército. Tras el ataque a la iglesia Divina Misericordia en Managua, creí necesario escribir un libro que desde la literatura y el periodismo mostrara el sufrimiento de la población.
Un año después publiqué Me duele respirar, que narra los principales eventos desatados contra el pueblo por la dictadura de mi país. Durante la presentación del libro llegaron varias patrullas con antimotines. Fui golpeado en una librería por grupos afines al régimen. Meses después la dictadura confiscó y anuló mi pasaporte y en julio de 2022 ordenó mi detención. Tuve que salir inmediatamente de mi país a través de la montaña y lodazales para salvaguardar mi vida. Perdí todo en Nicaragua, entre ello mi nacionalidad, pero recuperé mi libertad para poder seguir escribiendo.
¿Qué escena de la Nicaragua actual le parece tan brutal que todavía no ha encontrado la forma literaria adecuada para contarla?
—Tengo pendiente escribir un libro sobre lo que significó la Operación Limpieza, un ataque masivo perpetrado por el régimen de mi país en el que asesinaron a más de 200 civiles en diferentes partes de Nicaragua.
Usaron armamento de guerra contra personas desarmadas. Me duele respirar fue la primera parte de una trilogía. La segunda parte, Atardecer en Venecia, la publiqué en 2024.
Este año estoy publicando Exilio bajo fuego, crónicas de al menos 10 asesinatos de nicaragüenses en Honduras y Costa Rica cometidos por la dictadura de Nicaragua. Próximamente tendré la tercera parte de esta trilogía que inicié en 2019.
Sus novelas parecen escritas por un narrador y revisadas por un periodista. ¿Cuál de los dos corrige con más dureza al otro?
—En mí corrige con más insistencia el narrador.
Pienso que la literatura se nutre del periodismo, pero al final, a través de la ficción, mis personajes avanzan en la novela.
La realidad es solo una parte que tomo para luego adentrarme en los espacios de la ficción, de la narrativa y de la inventiva.
¿El exilio le ha robado más paisajes, más personas o más palabras?
—Es curioso que cuando uno vive fuera de su país, los paisajes, personas y palabras vuelven con más fuerza.
Tengo presente cada calle en la que viví, a las personas que conocí y todas esas palabras de uso nicaragüense que nos hacen ser nicaragüenses, como ese chacuatol que hacemos los nicas cuando desmarimbamos todo.
Incluso extraño mucho la comida y puedo sentir por las mañanas los olores de un gallopinto con tortilla recién hecho o, en las tardes de lluvia, suspirar por un pinolillo caliente con leche.
¿Si regresara una sola tarde a Managua sin ningún riesgo, a qué lugar iría primero y por qué no sería un acto de nostalgia sino de investigación?
—Iría a las instalaciones de la Universidad Centroamericana, donde por muchos años impartí clases y fui testigo de los sueños de varios estudiantes por salir adelante y mejorar el país.
Ese lugar representa una parte importante de mi vida profesional y académica.
Creo que así sabría qué tanto ha desmejorado la educación en Nicaragua, ya que esa universidad fue confiscada por el régimen y ahora es un centro de enseñanza oficialista donde no hay libertad de cátedra ni de pensamiento.
En sus libros aparecen verdugos, cómplices y víctimas. ¿Qué personaje de la realidad nicaragüense le sigue resultando más incomprensible?
—Me resultan incomprensibles los cómplices.
Los que se quedaron callados y los que voltearon sus ojos para otro lado.
Quienes nunca se pronunciaron por lo que sucedía y sucede en el país.
¿Hay alguna verdad sobre Ortega y Murillo que el periodismo ha documentado pero que solo la ficción ha conseguido explicar?
—El periodismo ha demostrado qué ha hecho la dictadura Ortega-Murillo: el asesinato de 355 nicaragüenses, la desnacionalización de más de 450 ciudadanos y la confiscación de más de 5.600 organismos de la sociedad civil.
También el exilio de más de 310 periodistas. Mientras tanto, la ficción explica a profundidad cómo se siente vivir bajo la dictadura y cómo el país fue cayendo en este agujero de destrucción.
La ficción traduce todo esto en atmósfera, en respiración, en la sensación de que el poder no solo gobierna, sino que invade la vida interior y es capaz de destrozarle la vida a más de 800 000 personas que han tenido que salir de Nicaragua huyendo de la violencia estatal.
Usted habla varios idiomas y ha vivido fuera de Nicaragua. ¿En qué lengua piensa cuando recuerda y en cuál cuando juzga?
—Curiosamente los recuerdos me vienen en japonés a través de una práctica llamada Shinrin-yoku.
Consiste en sumergirse en el bosque para que llegue ese pasado que nos acompaña, pero que algunas veces no dejamos salir.
Mientras que juzgo mucho en holandés porque creo que Países Bajos es una nación donde la crítica constructiva se practica con mucha seriedad.
Muchos escritores temen que la actualidad envejezca sus novelas. En su caso, ¿le preocupa más que la realidad alcance a la ficción o que la supere?
—Me preocupa más que la realidad supere la ficción.
Porque cuando eso ocurre la ficción pierde su capacidad de anticipar, de advertir y de iluminar.
Y en Centroamérica la realidad tiene una vocación casi obscena por desbordar cualquier imaginación. Quién iba a imaginar que unos revolucionarios llegarían al poder para robar, destruir, asesinar y quedarse al mando muchas décadas más que aquel dictador mediante fraudes electorales y destrucción de la democracia.
¿Qué le ha enseñado el miedo que no le enseñaron ni los premios ni los libros?
—El miedo enseña a distinguir lo esencial de lo accesorio.
Y lo esencial es seguir adelante fiel a sí mismo.
El miedo no debe paralizar a nadie. Más bien debe incentivarlo a actuar y salir de ese espacio lo antes posible para preservar tu vida, para seguir escribiendo y para hacer memoria.
¿De todos los personajes que ha creado a lo largo de su obra, cuál siente más cerca de sí mismo y cuál preferiría no encontrarse nunca en la vida real?
—Siento más cerca de mí a personajes que en mis novelas no se paralizaron por el miedo.
A veces creemos que el miedo es invencible, que es una montaña infranqueable o un gran monstruo. Pero cuando lo enfrentamos nos damos cuenta de que es algo tan pequeño y tan débil que es mejor dejarlo ir.
Preferiría nunca encontrarme en la vida real con personas capaces de hacer daño a otros. No quisiera estar al lado de egoístas, de ególatras o de quienes son incapaces de ayudar a alguien que está pasando alguna necesidad.
Cuando dentro de 50 años alguien lea Como esperando abril, ¿qué le gustaría que descubriera sobre Nicaragua y qué le gustaría que no pudiera creer?
—Ojalá que dentro de 50 años un lector descubra que Nicaragua no fue solo una sucesión de muertos y dictaduras.
Sino un país donde la gente siguió amando y resistiendo. Que incluso en medio de la represión había una vida que insistía en seguir siendo vida.
Que había personas con sueños, con rectitud, que no se entregaron a fines políticos y que siguieron denunciando aun fuera del país, exiliados, desnacionalizados y confiscados, pero con la convicción de que Nicaragua merecía tener una democracia en la que la justicia fuera una realidad.
¿Si un lector cerrara hoy uno de sus libros y solo pudiera conservar una idea, una emoción o una advertencia, cuál le gustaría que siguiera acompañándolo años después?
—Si un lector cerrara hoy uno de mis libros y solo pudiera conservar una cosa, quisiera que fuera esta: la certeza de que la fragilidad también es una forma de valentía.
Que la empatía con las víctimas en medio de una dictadura es resistencia.
Y que olvidar lo que nos pasó en Nicaragua es el camino más rápido para que vuelva a ocurrir.
¿Entre el periodista que documenta los hechos y el novelista que los transforma, quién está más cansado y quién lleva hoy la voz cantante en Arquímedes González?
—Ninguno de los dos está cansado. Ni el periodista ni el novelista.
Creo que al final lo único esencial para ambos es mantener la curiosidad: esa necesidad casi física de seguir mirando, de seguir aprendiendo y de seguir viviendo a fondo incluso lo que duele. La curiosidad es la que no envejece.
El periodista en mí ha aprendido a respirar hondo. Sabe que lo que ocurre en Nicaragua todavía necesita ser contado con rigor, con datos y con investigación. El novelista, en cambio, ha aprendido a cargar otro peso: el del exilio, el de la persecución y el de la memoria herida. Es él quien se atreve a entrar en las zonas donde el periodista no alcanza. El novelista narra lo que no cabe en un informe, escucha y va atesorando todo para luego explicarlo a través de la ficción.
Arquímedes González: “La ficción explica cómo se siente vivir bajo la dictadura”
Arquímedes González (Managua, 1972) es periodista y escritor nicaragüense. Autor de 18 novelas y libros de relatos, figura entre las voces más reconocidas de la literatura centroamericana contemporánea. A lo largo de su trayectoria ha obtenido el Premio Centroamericano de Novela Rogelio Sinán y el Premio Centroamericano de Novela Corta de Honduras, además de ser finalista de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en 2024.
Buena parte de su producción reciente explora las consecuencias humanas de la represión política en Nicaragua. Obras como Como esperando abril (2019), Atardecer en Venecia (2024), En abril yo seguía viva (2025) y Exilio bajo fuego (2026) abordan la violencia, el exilio y la pérdida de libertades bajo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Amenazado, perseguido y privado de su nacionalidad de facto, abandonó Nicaragua en 2022 y desde entonces continúa su labor literaria desde el exilio. Entre sus títulos más destacados sobresale Sherlock Holmes a la caza de Jack el Destripador (2020), una original recreación histórica y policial que trasladó el universo del célebre detective a tierras nicaragüenses y reforzó su presencia dentro de la novela negra centroamericana.
Usted convirtió la represión nicaragüense en literatura cuando muchos aún intentaban convertirla en silencio. ¿Cuándo comprendió que escribir podía ser más peligroso que callar?
—Fue en 2018 que sentí la necesidad de escribir una novela que relatara lo que sucedía en Nicaragua. Yo en ese entonces ya había publicado más de quince libros y era el director del departamento de Comunicación de la Universidad Centroamericana.
Fui testigo de primera mano de la represión en las calles que para julio de ese año dejaba ya más de 250 asesinados por grupos paraestatales, policías y soldados del Ejército. Tras el ataque a la iglesia Divina Misericordia en Managua, creí necesario escribir un libro que desde la literatura y el periodismo mostrara el sufrimiento de la población.
Un año después publiqué Me duele respirar, que narra los principales eventos desatados contra el pueblo por la dictadura de mi país. Durante la presentación del libro llegaron varias patrullas con antimotines. Fui golpeado en una librería por grupos afines al régimen. Meses después la dictadura confiscó y anuló mi pasaporte y en julio de 2022 ordenó mi detención. Tuve que salir inmediatamente de mi país a través de la montaña y lodazales para salvaguardar mi vida. Perdí todo en Nicaragua, entre ello mi nacionalidad, pero recuperé mi libertad para poder seguir escribiendo.
¿Qué escena de la Nicaragua actual le parece tan brutal que todavía no ha encontrado la forma literaria adecuada para contarla?
—Tengo pendiente escribir un libro sobre lo que significó la Operación Limpieza, un ataque masivo perpetrado por el régimen de mi país en el que asesinaron a más de 200 civiles en diferentes partes de Nicaragua.
Usaron armamento de guerra contra personas desarmadas. Me duele respirar fue la primera parte de una trilogía. La segunda parte, Atardecer en Venecia, la publiqué en 2024.
Este año estoy publicando Exilio bajo fuego, crónicas de al menos 10 asesinatos de nicaragüenses en Honduras y Costa Rica cometidos por la dictadura de Nicaragua. Próximamente tendré la tercera parte de esta trilogía que inicié en 2019.
Sus novelas parecen escritas por un narrador y revisadas por un periodista. ¿Cuál de los dos corrige con más dureza al otro?
—En mí corrige con más insistencia el narrador.
Pienso que la literatura se nutre del periodismo, pero al final, a través de la ficción, mis personajes avanzan en la novela.
La realidad es solo una parte que tomo para luego adentrarme en los espacios de la ficción, de la narrativa y de la inventiva.
¿El exilio le ha robado más paisajes, más personas o más palabras?
—Es curioso que cuando uno vive fuera de su país, los paisajes, personas y palabras vuelven con más fuerza.
Tengo presente cada calle en la que viví, a las personas que conocí y todas esas palabras de uso nicaragüense que nos hacen ser nicaragüenses, como ese chacuatol que hacemos los nicas cuando desmarimbamos todo.
Incluso extraño mucho la comida y puedo sentir por las mañanas los olores de un gallopinto con tortilla recién hecho o, en las tardes de lluvia, suspirar por un pinolillo caliente con leche.
¿Si regresara una sola tarde a Managua sin ningún riesgo, a qué lugar iría primero y por qué no sería un acto de nostalgia sino de investigación?
—Iría a las instalaciones de la Universidad Centroamericana, donde por muchos años impartí clases y fui testigo de los sueños de varios estudiantes por salir adelante y mejorar el país.
Ese lugar representa una parte importante de mi vida profesional y académica.
Creo que así sabría qué tanto ha desmejorado la educación en Nicaragua, ya que esa universidad fue confiscada por el régimen y ahora es un centro de enseñanza oficialista donde no hay libertad de cátedra ni de pensamiento.
En sus libros aparecen verdugos, cómplices y víctimas. ¿Qué personaje de la realidad nicaragüense le sigue resultando más incomprensible?
—Me resultan incomprensibles los cómplices.
Los que se quedaron callados y los que voltearon sus ojos para otro lado.
Quienes nunca se pronunciaron por lo que sucedía y sucede en el país.
¿Hay alguna verdad sobre Ortega y Murillo que el periodismo ha documentado pero que solo la ficción ha conseguido explicar?
—El periodismo ha demostrado qué ha hecho la dictadura Ortega-Murillo: el asesinato de 355 nicaragüenses, la desnacionalización de más de 450 ciudadanos y la confiscación de más de 5.600 organismos de la sociedad civil.
También el exilio de más de 310 periodistas. Mientras tanto, la ficción explica a profundidad cómo se siente vivir bajo la dictadura y cómo el país fue cayendo en este agujero de destrucción.
La ficción traduce todo esto en atmósfera, en respiración, en la sensación de que el poder no solo gobierna, sino que invade la vida interior y es capaz de destrozarle la vida a más de 800 000 personas que han tenido que salir de Nicaragua huyendo de la violencia estatal.
Usted habla varios idiomas y ha vivido fuera de Nicaragua. ¿En qué lengua piensa cuando recuerda y en cuál cuando juzga?
—Curiosamente los recuerdos me vienen en japonés a través de una práctica llamada Shinrin-yoku.
Consiste en sumergirse en el bosque para que llegue ese pasado que nos acompaña, pero que algunas veces no dejamos salir.
Mientras que juzgo mucho en holandés porque creo que Países Bajos es una nación donde la crítica constructiva se practica con mucha seriedad.
Muchos escritores temen que la actualidad envejezca sus novelas. En su caso, ¿le preocupa más que la realidad alcance a la ficción o que la supere?
—Me preocupa más que la realidad supere la ficción.
Porque cuando eso ocurre la ficción pierde su capacidad de anticipar, de advertir y de iluminar.
Y en Centroamérica la realidad tiene una vocación casi obscena por desbordar cualquier imaginación. Quién iba a imaginar que unos revolucionarios llegarían al poder para robar, destruir, asesinar y quedarse al mando muchas décadas más que aquel dictador mediante fraudes electorales y destrucción de la democracia.
¿Qué le ha enseñado el miedo que no le enseñaron ni los premios ni los libros?
—El miedo enseña a distinguir lo esencial de lo accesorio.
Y lo esencial es seguir adelante fiel a sí mismo.
El miedo no debe paralizar a nadie. Más bien debe incentivarlo a actuar y salir de ese espacio lo antes posible para preservar tu vida, para seguir escribiendo y para hacer memoria.
¿De todos los personajes que ha creado a lo largo de su obra, cuál siente más cerca de sí mismo y cuál preferiría no encontrarse nunca en la vida real?
—Siento más cerca de mí a personajes que en mis novelas no se paralizaron por el miedo.
A veces creemos que el miedo es invencible, que es una montaña infranqueable o un gran monstruo. Pero cuando lo enfrentamos nos damos cuenta de que es algo tan pequeño y tan débil que es mejor dejarlo ir.
Preferiría nunca encontrarme en la vida real con personas capaces de hacer daño a otros. No quisiera estar al lado de egoístas, de ególatras o de quienes son incapaces de ayudar a alguien que está pasando alguna necesidad.
Cuando dentro de 50 años alguien lea Como esperando abril, ¿qué le gustaría que descubriera sobre Nicaragua y qué le gustaría que no pudiera creer?
—Ojalá que dentro de 50 años un lector descubra que Nicaragua no fue solo una sucesión de muertos y dictaduras.
Sino un país donde la gente siguió amando y resistiendo. Que incluso en medio de la represión había una vida que insistía en seguir siendo vida.
Que había personas con sueños, con rectitud, que no se entregaron a fines políticos y que siguieron denunciando aun fuera del país, exiliados, desnacionalizados y confiscados, pero con la convicción de que Nicaragua merecía tener una democracia en la que la justicia fuera una realidad.
¿Si un lector cerrara hoy uno de sus libros y solo pudiera conservar una idea, una emoción o una advertencia, cuál le gustaría que siguiera acompañándolo años después?
—Si un lector cerrara hoy uno de mis libros y solo pudiera conservar una cosa, quisiera que fuera esta: la certeza de que la fragilidad también es una forma de valentía.
Que la empatía con las víctimas en medio de una dictadura es resistencia.
Y que olvidar lo que nos pasó en Nicaragua es el camino más rápido para que vuelva a ocurrir.
¿Entre el periodista que documenta los hechos y el novelista que los transforma, quién está más cansado y quién lleva hoy la voz cantante en Arquímedes González?
—Ninguno de los dos está cansado. Ni el periodista ni el novelista.
Creo que al final lo único esencial para ambos es mantener la curiosidad: esa necesidad casi física de seguir mirando, de seguir aprendiendo y de seguir viviendo a fondo incluso lo que duele. La curiosidad es la que no envejece.
El periodista en mí ha aprendido a respirar hondo. Sabe que lo que ocurre en Nicaragua todavía necesita ser contado con rigor, con datos y con investigación. El novelista, en cambio, ha aprendido a cargar otro peso: el del exilio, el de la persecución y el de la memoria herida. Es él quien se atreve a entrar en las zonas donde el periodista no alcanza. El novelista narra lo que no cabe en un informe, escucha y va atesorando todo para luego explicarlo a través de la ficción.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: