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Adolfo Méndez Vides: “Importa más el Quijote que Cervantes”

.
Marcos Jacobo Suárez Sipmann
19 de junio, 2026

El Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias” 2025 llegó este año para confirmar algo que lectores y críticos venían señalando desde hace décadas: Adolfo Méndez Vides es una de las figuras fundamentales de las letras guatemaltecas contemporáneas. El galardón reconoce una trayectoria amplia, diversa y constante, marcada por la exploración de distintos géneros y por una inquebrantable vocación literaria. 

Méndez Vides, (La Antigua Guatemala, 1956), ha cultivado con igual solvencia la novela, el cuento, la poesía, el ensayo y el periodismo cultural. Su obra se caracteriza por una combinación poco frecuente de agudeza crítica, humor, imaginación y capacidad de observación. A ello se suma una preocupación permanente por comprender las complejidades de la condición humana y los contrastes de la sociedad guatemalteca. 

Entre sus libros más reconocidos figuran Las catacumbas, Las murallas, El tercer patio, El leproso, Babel o las batallas y Luca el vendedor. Su más reciente publicación, Antigua & Co., regresa a los escenarios y personajes de una ciudad que conoce profundamente y que ha servido de inspiración recurrente en su literatura. 

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Lector apasionado, ha confesado que más que un libro lo transformó una biblioteca entera: la de su hogar, la de sus años de formación y todas las que ha construido a lo largo de su vida. Ha desarrollado, además, una intensa labor como articulista, conferencista y promotor de la lectura, convencido de que los libros siguen siendo una herramienta indispensable para el asombro, la reflexión y la libertad. 

Cuando dentro de 20 años alguien abra uno de sus libros, ¿qué le gustaría que descubriera sobre la Guatemala que usted conoció? 

—En literatura peleamos con el tiempo. Los clásicos griegos y latinos son universales. Pueden cambiar las costumbres, los nombres de los países, la vestimenta o los idiomas, pero la condición humana apenas va desenvolviéndose. 

No quisiera que mi obra fuera referencia arqueológica, sino aportar al mundo una nueva visión, otra perspectiva y un nuevo motivo de asombro. 

En la tragedia griega nos podemos reconocer los guatemaltecos y caemos rendidos ante tanta belleza. Ni tiempo ni lugar, porque los instantes son solo el punto de partida para crear. 

¿Qué hecho de la vida cotidiana sigue pareciéndole tan extraño que aún merece convertirse en literatura? 

—La realidad siempre se impone, y Guatemala es un caldo de emociones sin comparación. Será por eso que, a pesar del nivel preocupante de analfabetismo real y virtual, tengamos tantos autores reconocidos internacionalmente, hasta un Premio Nobel de Literatura. 

Hay otros países con mejores condiciones promedio de vida donde la literatura es aburrida, mientras que aquí no se detiene el asombro. 

Por supuesto que preferiría que Guatemala fuera aburrido y desarrollado, aunque la literatura no existiera. Pero no es el caso, así que me subo en el potro y escribo. 

.

¿Si pudiera invitar a uno de sus personajes al homenaje que le rendirán en Filgua, a cuál elegiría y por qué? 

—Quizá a Ramiro, el personaje de Las murallas, quien simplemente se niega a trabajar, se cruza de brazos y espera que lo mantengan, sin sentimiento de culpa ni ánimo. 

Es un personaje que siempre me ha resultado singular por su actitud ante la vida. 

Creo que, de aparecerse en escena, buscaría un lugar alejado desde donde presenciar la feria y me ignoraría. 

¿Qué le ha enseñado el Premio Nacional de Literatura sobre los lectores que no sabía antes de recibirlo? 

—El premio fue como recibir luz de un reflector en plena cara, lo que despertó a mis antiguos lectores y me está aproximando a nuevos. 

Ese reconocimiento ha permitido que personas que quizá no conocían mi trabajo se acerquen ahora a él. 

El reto es que también se aproximen a mi nuevo libro, Antigua & Co, y que les guste, porque si no sucede nada, de nada habrá servido el empujón. 

¿Después de tantos años escribiendo, qué duda sigue acompañándolo cada vez que inicia una página en blanco? 

—No tengo el problema de la página en blanco, sino de la falta de tiempo para escribir todo lo que deseo. 

Cada página que avanzo me duele porque fue solo una, y se me queda pendiente otro montón de proyectos e ideas. 

El miedo es a no completar lo que tengo proyectado. 

¿Cuál fue el libro que más lo transformó como lector y cuál el que más lo transformó como ser humano? 

—Empecé a leer de niño, así que no pienso en un libro sino en una biblioteca: la extensa que encontré en mi hogar, la del colegio, la de la USAC y la que yo he ido haciendo. 

Leo mucho y todo me influye y transforma. En la infancia fueron los clásicos y los románticos. Recuerdo vívidamente cuando descubrí La Celestina y me fascinó. Igual ocurrió con las novelas de Julio Verne. 

Más adelante me impactaron Cesare Pavese, Borges y los autores del Boom. Luego vino Miguel Ángel Asturias con El Señor Presidente y redescubrí a los clásicos griegos y latinos. Soy lector frecuente de La Ilíada; la tengo a mi lado y cada vez que necesito respirar la abro al azar y gozo algunas páginas hasta las lágrimas. 

¿Qué tienen los jóvenes autores de hoy que su generación no tenía? 

—Por autores de hoy supongo que se refiere a los más jóvenes. Ellos están enfrentando el reto de dar un paso más allá de lo que estamos haciendo nosotros o lograron quienes nos preceden. 

No es una competencia, pero sí un proceso parecido al de los adolescentes cuando buscan fijar su propia identidad. 

Yo los leo con interés. Escribir ha sido siempre asunto de ilusión y logro. Lo que se dificulta cada vez más es añadir sorpresa a tanta obra que nos precede. 

.

¿Si la literatura desapareciera mañana, qué aspecto de la sociedad se empobrecería primero? 

—Desaparecerá con la humanidad, me imagino. Mientras existan los seres humanos veremos a alguien contando historias a los demás. 

Las historias se escriben para permanecer y resistir al paso del tiempo. 

En Las mil y una noches está el ejemplo del sultán que manda escribir una anécdota con oro en el muro de entrada de su palacio para que algo que le había gustado tanto no se olvidara. 

¿Qué conversación pendiente le gustaría tener con el joven Adolfo Méndez Vides que comenzaba a escribir? 

—No me lo va a creer: en el espejo tengo canas, pero por dentro sigo siendo el mismo patojo lector. 

Escribo cuanto me permite la vida y vivo permanentemente asombrado por lo que encuentro en los libros y en la realidad. 

Leo sin parar y me aferro a la imaginación para no envejecer. 

¿Qué faceta personal suya permanece casi invisible incluso para quienes han leído toda su obra? 

—Invisible sigo y continuaré siendo, porque yo no importo; es la obra la que espera regarse por allí. 

Los autores somos pasajeros y terminamos desapareciendo con el tiempo. 

A los autores se los entierra, y lo único que deseamos es que no acaben en la misma caja los libros escritos, las historias inventadas y los personajes creados. 

.

¿Qué libro suyo cree que ha sido mejor entendido por los lectores y cuál considera que aún espera su momento? 

—Es difícil decirlo, porque los autores vemos nuestras obras como a los hijos. A todos se les quiere y cada uno enfrenta su propia suerte. 

Disfrutamos sus éxitos y sufrimos con ellos las desilusiones. Algunas de mis novelas han tenido varias ediciones; se apagan y, a la vuelta de los años, se reeditan. 

La literatura y los lectores son un verdadero misterio. Mi producción camina, publico cada cierto tiempo y tengo mucho adelantado y en corrección. 

Qué impacto le gustaría que tuviera Antigua & Co: ¿que cambiara la mirada sobre una ciudad, sobre una época o sobre nosotros mismos? 

—Yo me defino apenas como un contador de historias. Lo que pretendo con mi nuevo libro es dar a los lectores un rato gratificante. 

Quiero que sientan, vibren, se entristezcan y se alegren. Las historias suceden en Antigua e incluso hay un mapa al inicio para ubicar los diferentes episodios. 

No pretendo cambiar la mirada de nadie, ni moralizar ni enseñar. La Antigua está allí, imperturbable; son las historias las que cuentan y las que deben asombrar. 

Filgua suele celebrar los libros publicados; ¿qué libro nunca escribió y todavía lamenta no haber escrito? 

—Los libros que he escrito a la fecha van a la búsqueda de algo diferente. Persisto lejos de modas y hasta me han sobrado historias. 

Escribí mucho antes de publicar. Al inicio publiqué por mi cuenta un libro de cuentos, con el cual hice una pira frente al lago de Amatitlán y lo quemé. 

Por eso, en el último cuarto de siglo me limito a crear. Una vez publicados, los libros cobran vida propia y ya no me pertenecen. 

.

¿En una época dominada por pantallas y algoritmos, qué puede hacer una novela que ninguna tecnología ha conseguido reemplazar? 

—Lo de siempre: la meta es asombrar. Ahora es más difícil mantener la atención de los lectores porque tienen la referencia de la inmediatez y variedad del asombro. 

Para que un libro los enganche debe tener estímulos constantes y una narrativa capaz de sostener el interés. 

Por eso, en Antigua & Co he adoptado fragmentos relativamente breves e ilustraciones elaboradas por un artista mexicano. El reto es ofrecer sorpresa, claridad y sensaciones. 

Cuando termine el homenaje en Filgua, ¿qué le seguirá importando más: el reconocimiento recibido o la próxima historia que todavía no existe? 

—El reconocimiento es fugaz; dura 15 minutos. 

Uno lo que espera es que la obra publicada trascienda, que cobre vida propia y sobreviva un poco más allá que el autor. 

Al final, la obra se desvanecerá igual que uno, pero los humanos nos adherimos a la vida. En todo caso, importa más el Quijote que Cervantes. 

Adolfo Méndez Vides: “Importa más el Quijote que Cervantes”

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Marcos Jacobo Suárez Sipmann
19 de junio, 2026

El Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias” 2025 llegó este año para confirmar algo que lectores y críticos venían señalando desde hace décadas: Adolfo Méndez Vides es una de las figuras fundamentales de las letras guatemaltecas contemporáneas. El galardón reconoce una trayectoria amplia, diversa y constante, marcada por la exploración de distintos géneros y por una inquebrantable vocación literaria. 

Méndez Vides, (La Antigua Guatemala, 1956), ha cultivado con igual solvencia la novela, el cuento, la poesía, el ensayo y el periodismo cultural. Su obra se caracteriza por una combinación poco frecuente de agudeza crítica, humor, imaginación y capacidad de observación. A ello se suma una preocupación permanente por comprender las complejidades de la condición humana y los contrastes de la sociedad guatemalteca. 

Entre sus libros más reconocidos figuran Las catacumbas, Las murallas, El tercer patio, El leproso, Babel o las batallas y Luca el vendedor. Su más reciente publicación, Antigua & Co., regresa a los escenarios y personajes de una ciudad que conoce profundamente y que ha servido de inspiración recurrente en su literatura. 

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Lector apasionado, ha confesado que más que un libro lo transformó una biblioteca entera: la de su hogar, la de sus años de formación y todas las que ha construido a lo largo de su vida. Ha desarrollado, además, una intensa labor como articulista, conferencista y promotor de la lectura, convencido de que los libros siguen siendo una herramienta indispensable para el asombro, la reflexión y la libertad. 

Cuando dentro de 20 años alguien abra uno de sus libros, ¿qué le gustaría que descubriera sobre la Guatemala que usted conoció? 

—En literatura peleamos con el tiempo. Los clásicos griegos y latinos son universales. Pueden cambiar las costumbres, los nombres de los países, la vestimenta o los idiomas, pero la condición humana apenas va desenvolviéndose. 

No quisiera que mi obra fuera referencia arqueológica, sino aportar al mundo una nueva visión, otra perspectiva y un nuevo motivo de asombro. 

En la tragedia griega nos podemos reconocer los guatemaltecos y caemos rendidos ante tanta belleza. Ni tiempo ni lugar, porque los instantes son solo el punto de partida para crear. 

¿Qué hecho de la vida cotidiana sigue pareciéndole tan extraño que aún merece convertirse en literatura? 

—La realidad siempre se impone, y Guatemala es un caldo de emociones sin comparación. Será por eso que, a pesar del nivel preocupante de analfabetismo real y virtual, tengamos tantos autores reconocidos internacionalmente, hasta un Premio Nobel de Literatura. 

Hay otros países con mejores condiciones promedio de vida donde la literatura es aburrida, mientras que aquí no se detiene el asombro. 

Por supuesto que preferiría que Guatemala fuera aburrido y desarrollado, aunque la literatura no existiera. Pero no es el caso, así que me subo en el potro y escribo. 

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¿Si pudiera invitar a uno de sus personajes al homenaje que le rendirán en Filgua, a cuál elegiría y por qué? 

—Quizá a Ramiro, el personaje de Las murallas, quien simplemente se niega a trabajar, se cruza de brazos y espera que lo mantengan, sin sentimiento de culpa ni ánimo. 

Es un personaje que siempre me ha resultado singular por su actitud ante la vida. 

Creo que, de aparecerse en escena, buscaría un lugar alejado desde donde presenciar la feria y me ignoraría. 

¿Qué le ha enseñado el Premio Nacional de Literatura sobre los lectores que no sabía antes de recibirlo? 

—El premio fue como recibir luz de un reflector en plena cara, lo que despertó a mis antiguos lectores y me está aproximando a nuevos. 

Ese reconocimiento ha permitido que personas que quizá no conocían mi trabajo se acerquen ahora a él. 

El reto es que también se aproximen a mi nuevo libro, Antigua & Co, y que les guste, porque si no sucede nada, de nada habrá servido el empujón. 

¿Después de tantos años escribiendo, qué duda sigue acompañándolo cada vez que inicia una página en blanco? 

—No tengo el problema de la página en blanco, sino de la falta de tiempo para escribir todo lo que deseo. 

Cada página que avanzo me duele porque fue solo una, y se me queda pendiente otro montón de proyectos e ideas. 

El miedo es a no completar lo que tengo proyectado. 

¿Cuál fue el libro que más lo transformó como lector y cuál el que más lo transformó como ser humano? 

—Empecé a leer de niño, así que no pienso en un libro sino en una biblioteca: la extensa que encontré en mi hogar, la del colegio, la de la USAC y la que yo he ido haciendo. 

Leo mucho y todo me influye y transforma. En la infancia fueron los clásicos y los románticos. Recuerdo vívidamente cuando descubrí La Celestina y me fascinó. Igual ocurrió con las novelas de Julio Verne. 

Más adelante me impactaron Cesare Pavese, Borges y los autores del Boom. Luego vino Miguel Ángel Asturias con El Señor Presidente y redescubrí a los clásicos griegos y latinos. Soy lector frecuente de La Ilíada; la tengo a mi lado y cada vez que necesito respirar la abro al azar y gozo algunas páginas hasta las lágrimas. 

¿Qué tienen los jóvenes autores de hoy que su generación no tenía? 

—Por autores de hoy supongo que se refiere a los más jóvenes. Ellos están enfrentando el reto de dar un paso más allá de lo que estamos haciendo nosotros o lograron quienes nos preceden. 

No es una competencia, pero sí un proceso parecido al de los adolescentes cuando buscan fijar su propia identidad. 

Yo los leo con interés. Escribir ha sido siempre asunto de ilusión y logro. Lo que se dificulta cada vez más es añadir sorpresa a tanta obra que nos precede. 

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¿Si la literatura desapareciera mañana, qué aspecto de la sociedad se empobrecería primero? 

—Desaparecerá con la humanidad, me imagino. Mientras existan los seres humanos veremos a alguien contando historias a los demás. 

Las historias se escriben para permanecer y resistir al paso del tiempo. 

En Las mil y una noches está el ejemplo del sultán que manda escribir una anécdota con oro en el muro de entrada de su palacio para que algo que le había gustado tanto no se olvidara. 

¿Qué conversación pendiente le gustaría tener con el joven Adolfo Méndez Vides que comenzaba a escribir? 

—No me lo va a creer: en el espejo tengo canas, pero por dentro sigo siendo el mismo patojo lector. 

Escribo cuanto me permite la vida y vivo permanentemente asombrado por lo que encuentro en los libros y en la realidad. 

Leo sin parar y me aferro a la imaginación para no envejecer. 

¿Qué faceta personal suya permanece casi invisible incluso para quienes han leído toda su obra? 

—Invisible sigo y continuaré siendo, porque yo no importo; es la obra la que espera regarse por allí. 

Los autores somos pasajeros y terminamos desapareciendo con el tiempo. 

A los autores se los entierra, y lo único que deseamos es que no acaben en la misma caja los libros escritos, las historias inventadas y los personajes creados. 

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¿Qué libro suyo cree que ha sido mejor entendido por los lectores y cuál considera que aún espera su momento? 

—Es difícil decirlo, porque los autores vemos nuestras obras como a los hijos. A todos se les quiere y cada uno enfrenta su propia suerte. 

Disfrutamos sus éxitos y sufrimos con ellos las desilusiones. Algunas de mis novelas han tenido varias ediciones; se apagan y, a la vuelta de los años, se reeditan. 

La literatura y los lectores son un verdadero misterio. Mi producción camina, publico cada cierto tiempo y tengo mucho adelantado y en corrección. 

Qué impacto le gustaría que tuviera Antigua & Co: ¿que cambiara la mirada sobre una ciudad, sobre una época o sobre nosotros mismos? 

—Yo me defino apenas como un contador de historias. Lo que pretendo con mi nuevo libro es dar a los lectores un rato gratificante. 

Quiero que sientan, vibren, se entristezcan y se alegren. Las historias suceden en Antigua e incluso hay un mapa al inicio para ubicar los diferentes episodios. 

No pretendo cambiar la mirada de nadie, ni moralizar ni enseñar. La Antigua está allí, imperturbable; son las historias las que cuentan y las que deben asombrar. 

Filgua suele celebrar los libros publicados; ¿qué libro nunca escribió y todavía lamenta no haber escrito? 

—Los libros que he escrito a la fecha van a la búsqueda de algo diferente. Persisto lejos de modas y hasta me han sobrado historias. 

Escribí mucho antes de publicar. Al inicio publiqué por mi cuenta un libro de cuentos, con el cual hice una pira frente al lago de Amatitlán y lo quemé. 

Por eso, en el último cuarto de siglo me limito a crear. Una vez publicados, los libros cobran vida propia y ya no me pertenecen. 

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¿En una época dominada por pantallas y algoritmos, qué puede hacer una novela que ninguna tecnología ha conseguido reemplazar? 

—Lo de siempre: la meta es asombrar. Ahora es más difícil mantener la atención de los lectores porque tienen la referencia de la inmediatez y variedad del asombro. 

Para que un libro los enganche debe tener estímulos constantes y una narrativa capaz de sostener el interés. 

Por eso, en Antigua & Co he adoptado fragmentos relativamente breves e ilustraciones elaboradas por un artista mexicano. El reto es ofrecer sorpresa, claridad y sensaciones. 

Cuando termine el homenaje en Filgua, ¿qué le seguirá importando más: el reconocimiento recibido o la próxima historia que todavía no existe? 

—El reconocimiento es fugaz; dura 15 minutos. 

Uno lo que espera es que la obra publicada trascienda, que cobre vida propia y sobreviva un poco más allá que el autor. 

Al final, la obra se desvanecerá igual que uno, pero los humanos nos adherimos a la vida. En todo caso, importa más el Quijote que Cervantes. 

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